Los celiacos nos terminamos convirtiendo en una especie de “parias sociales”, pues a la hora de la fiesta somos los que complicamos a todo el mundo. Me convertí en el problema de cada cumpleaños, cena o evento social al que he sido invitada desde que me diagnosticaron. Siempre la “invitada cacho”, como decimos los chilenos. 

Los celiacos nos terminamos convirtiendo en una especie de “parias sociales”.

Constantemente una serie de preguntas comienzan a atosigarte: “¿qué te sirvo?, ¿qué puedes tomar?, ¡me da pena que no pruebes!”. Y uno pues, queridos lectores, se siente podrido. No dudo de las buenas intenciones, pero mi respuesta siempre ha sido la misma: “¿qué te complicas si yo no lo hago?”.

El problema está en que el anfitrión se siente horrible porque desconoce por completo tu enfermedad y no tiene porqué saber detalles tampoco, no digamos que son muy bellos para comentarlos, pero sí, a veces te aíslas para no molestar, o te aíslan para que no molestes. 

¡No quisiera ser tú!

Recuerdo una ocasión en una cena laboral, dónde yo dejaba pasar todos los licores derivados de la cebada, además de cientos de cosas maravillosamente deliciosas llenas de gluten. Entonces una mujer me pregunta “¿por qué no comes?, ¿estás a dieta?”, mientras examinaba mi anatomía con cara de nutricionista frustrada. Fue en ese preciso momento en que casi se me escapa todo el léxico carcelero, pero me comporté y tuve que decirle la razón. 

Los celiacos nos terminamos convirtiendo en una especie de “parias sociales”, pues a la hora de la fiesta somos los que complicamos a todo el mundo. Me convertí en el problema de cada cumpleaños, cena o evento social al que he sido invitada.

Vivir como celiaca.

Me miró con cara de espanto, como si fuera contagioso y comenzó a llamar a más personas en la cena y me expuso como en el circo, había pasado a ser la atracción principal, y por educación tuve que dar un monólogo de lo que es ser celiaco. Luego de eso comenzaron los comentarios: “¡qué triste, no quisiera ser tú!”, “¡horrible, no podría no comer pan!”, “¡te alimentas de puro pasto!”, “¡sale barato llevarte a comer!” y un sinfín de comentarios absurdos y burlescos que duraron una buena cantidad de tiempo, para mí fue eterno. 

Voluntad de hierro

Cuando te niegas a comer un trozo de pastel en un cumpleaños no falta quien grita de atrás “¡Qué te va a hacer ese trocito! ¡Exagerada!”, seguido de los cuchicheos y comentarios como “ésta no come porque debe tener anorexia”, mientras mi mente piensa “Señor, si estás ahí, dame paciencia, porque si me das fuerza, pues…”. 

Vivir como celiaco es duro, por ser una enfermedad que la mayoría de la gente ni siquiera sabe que existe, y he aprendido a que cubren su ignorancia con comentarios desatinados o burlescos, pero no por ello dejé de asistir a invitaciones. Cuando son personas de mi confianza llevo mis cervezas y ya, porque a ti celiaco lector te digo, jamás permitas que la presión social debilite tu voluntad, pues debe ser de hierro. Si te convierten en el payaso del circo, ¿qué importa? Porque mi recompensa es estar sana y nada le ganará jamás a eso. 

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